04 de octubre, natalicio de Violeta Parra.

Violeta Parra nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, Chile. Su inclinación artística la recibió de su padre, Nicanor Parra. En 1927 su progenitor fue exonerado y tuvo que trasladarse junto a su familia a Chillán.
Violeta cursó la primaria y sólo un año de instrucción en la Escuela Normal. Dejó sus estudios y se dedicó al trabajo en el campo para ayudar en su hogar. Junto a sus hermanos, se dedicó a cantar en restaurantes, circos, trenes, calles e incluso en burdeles. En 1929, Violeta se fue a vivir a Santiago, dedicándose a la música junto a su hermana Hilda.
En la década del 50, comenzó a recopilar la tradición musical de diversos barrios de Santiago, iniciando así una tarea que mantendría durante toda su vida: el rescate de la cultura popular chilena.
Violeta se dedicó también a la realización de cerámicas, óleos, arpilleras y esculturas. En 1964 expuso sus obras en el museo del Louvre en París, siendo la primera vez que un artista latinoamericano realizaba una exposición individual en este prestigioso museo. En 1965 Violeta Parra regresó a Chile e instaló una carpa en la comuna de La Reina, junto a sus hijos Ángel e Isabel, y destacados músicos chilenos.
Al cumplir 50 años, en 1967, Violeta Parra se suicidó en su Carpa dejando para Chile el orgullo de haber entregado al mundo una artista multifacética, que logró plasmar en su obra su profundo compromiso con el ser humano.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
graba noche y día grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano;
cuando miro el bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto,
y el canto de ustedes que es el mismo canto
y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.

(1964-1965)

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